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Blog (47)Cuando era pequeña me encantaba jugar con los muñecos. A veces los reunía todos y montaba una clase y era la maestra. O colocaba en fila todas las sillas que encontraba en casa, yo era como la seño del micro del colegio y los iba sentando. Me gustaban especialmente los bebés. Que si darles el biberón, que si vestirlos, bañarlos… No me faltaron muñecas y no me cansaba de jugar con ellas.

Sin embargo, no era lo único con lo que disfrutaba jugando. Recuerdo un juguete que consistía en un entramado de caminos con su estación de gasolina, su oficina, su vivienda…, y un cochecito que podía desplazarse de un lugar a otro, conduciéndolo por medio de un cuadro de mandos con su volante y hasta una palanca de cambios. También tuve una bicicleta roja con la que se me iban las horas dando vueltas en la plaza del Cristo de La Laguna. Y recuerdo también una caja registradora, con sus monedas y sus billetes, con la que montaba una tienda de lo que fuera. La de historias que pude montarme “yendo a trabajar en mi coche”. Tuve mucha suerte. Mi madre no tuvo en cuenta que en las cajas de estos juegos siempre figurase la carita de un niño divirtiéndose, y yo también los pude disfrutar, aunque era una niña.

Mira que han pasado años y ahora contemplo, algunas décadas después, los envoltorios de cocinas de color rosa que exhiben niñas y de aviones de color azul que hacen volar los niños. Y así en otros tantos juguetes. Como si diéramos por un hecho inmutable que a los niños no les apetecerá jugar a cocinar o a las niñas pilotar. Por no hablar del adjudicado rosa-chicas, azul-chicos.

Debbie Sterling es una ingeniera norteamericana que, tras observar los bajísimos porcentajes de mujeres que optaban por la carrera de ingeniería en Estados Unidos, decidió investigar causas. Sterling dice que cayó en la cuenta de que, por alguna razón, las niñas en su mayoría perdían interés por la ciencia cuando tenían 8 años. Llegó a la conclusión de que no es una cuestión biológica; es cultural. “Cuando vas a una tienda de juguetes te das cuenta de que nos quieren convertir en una princesa”, decía. Esta mujer creó luego un juguete para estimular a las niñas a construir. Conocí la historia tras ver el anuncio que publicita este juego para “niñas ingenieras”. En el spot, las niñas convierten sus juguetes “rosas” en una especie de mecano sorprendente.

Es cultural. Creo que las criaturas son llevadas por su inocencia y su libertad a elegir a qué quieren jugar independientemente de colores y de imposiciones adultas. Luego, sin embargo, cae como una losa el estereotipo que indica cómo deben ser las cosas. Por eso, me parece tan vital en esto, como en todo, un compromiso social amplio, teniendo muy en cuenta ese proverbio africano que le oí pronunciar al filósofo José Antonio Marina: “Para educar a un niño hace falta la tribu entera.” O sea, los padres, los educadores, cualquier miembro del grupo social…, los publicistas también. Una amiga me ha comentado que quizás por el éxito de los concursos de cocina en televisión, en los que compiten con igual entusiasmo hombres y mujeres, los anuncios de cocinitas ya incluyen niños disfrutando de este juego.

Sea como fuere, me parece a mí que nos vendría bien reeducar nuestra mirada. Tomar conciencia de que una sociedad más igualitaria pasa por una infancia que juega al margen de corsés y de colores pre-adjudicados, y en la que niños y niñas comienzan a forjarse lentamente como personas mientras libremente van jugando.

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