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138902877554jxqDesde hace unos años para acá estoy empezando a creer que las casualidades no existen. En esto, como en tantas otras cosas, he ido cambiando mi forma de enfocar la realidad y me descubro desdiciéndome de tanto en tanto. El tiempo y, sobre todo, las experiencias vividas en primera persona rebaten una y otra vez los propios argumentos y donde dije digo, digo Diego.

Por ejemplo, siempre expliqué que mi llegada a la radio fue por casualidad. Un amigo me llevó a los estudios de Antena 3 Radio por primera vez en 1985. Sin embargo, desde aquel principio laboral “casual” e insignificante hasta este momento, puedo identificar una cadena de acontecimientos concatenados que ahora, desde la distancia, soy capaz de enlazar con enorme facilidad. Todo concuerda. Aquello con esto, lo que ocurrió entonces y lo que vino detrás.

Hay una teoría sobre esto que se la oí al genio de la tecnología digital Steve Jobs, en una de las conferencias más enérgicas y emotivas que he podido escuchar. El cofundador de Apple fue invitado a la Universidad de Stanford y protagonizó un discurso de graduación ya célebre, que se puede encontrar en youtube, también subtitulado. No tiene desperdicio. Acostumbrada como tenía a su audiencia a grandes y sofisticadas presentaciones, Jobs sorprendió con un relato vital y sencillo, no creo que escribiera más de cinco o seis folios. Fue desgranando trozos de su vida que deja al descubierto y habla del amor, el fracaso, la pasión, la creatividad, la enfermedad, la muerte. Este desnudo existencial del gran inventor tecnológico destila aprendizaje, en una palabra.

Jobs cuenta cuál fue su origen en una familia de adopción, su paso por la Universidad en la que nunca se graduó y su asistencia a un curso de caligrafía donde aprendió sobre los tipos de letras, sus combinaciones, los espacios… Años más tarde, creó el Macintosh, el “primer ordenador con una bella tipografía”. Y como él mismo lo explica, “Windows no hizo más que copiar a Mac, probablemente ningún ordenador personal tendría hoy esta maravillosa apariencia”. Su reflexión se apoya en que, si nunca hubiera abandonado los primeros estudios, no habría ido a clase de caligrafía y nunca hubiera podido rediseñar la imagen virtual. Esto es lo que él llama “conectar los puntos”. Algo que solo puede hacerse, según su teoría, mirando al pasado y por eso, “hay que confiar en que, de alguna manera, se conectarán en el futuro”. Jobs afirmó que esta perspectiva marcó la diferencia en su vida.

Yo era de la opinión de que las cosas pasan por casualidad. Luego empecé a pensar que pasan “por” algo, por alguna causa. Y así fue hasta que un día mi querido amigo Eduardo Vergara me dijo: “¿Y no será que pasan “para” que ocurra algo?”. Me lo preguntó y no cayó en saco roto porque desde entonces aprendí a “conectar los puntos”, como Jobs.

El enfoque cambia como de la noche al día. A la hora de crecer, de evolucionar, me parece mucho más interesante, más fértil e infinitamente más estimulante, tener la convicción de que tal o cual circunstancia, sobrevenida o elegida, nos conducirá a alguna otra parte si, con sentido común, estamos dispuestos a sacarle provecho, a exprimir la experiencia, a estrujar el aprendizaje. Si nos revolvemos para no dejarnos atrapar por el somnífero de un éxito confortable, o por la ansiosa duda de una decisión tomada en la cuerda floja, o por el desconsuelo de una injusticia inexplicable. O por lo que sea.

Comprender que nada es para nada. Utilizar lo aprendido. Protagonizar el cambio. Hacer que “ocurra algo”. Y confiar. Me convence más este tipo de causalidad.

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