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file000890717941“Nos queda pendiente la revolución del respeto”. Lo vi en alguna parte hace tiempo. Creo que pudo ser a cuenta de una etiqueta, un hashtag de Twitter o algo parecido, pero soy incapaz de recordarlo. ¡Esta memoria mía! Solo sé que al verlo, lo apunté. Y así aparece copiado entre el montón de notas que tengo repartidas por mi mesa de trabajo. “La revolución del respeto”. La formulación de la propuesta desafía el concepto que podemos vincular al uso de la coacción o la violencia para forzar cambios. Nada que ver. Al respeto solo se llega con respeto, por definición. Así que lo interpreté como esa idea sociológica de cambio social pacífico y espectacular, que da nueva forma a la sociedad humana revitalizándola, mejorándola, como si ésta renaciera. En este sentido, una forma de cambio como “signo de salud social” (se lo leí expresado de esta manera al sociólogo Piotr Sztompka cuando yo aún andaba estudiando).

“La revolución del respeto”. Esa la tenemos aún por resolver, no hay más que echar un vistazo a la realidad. El necesario respeto. Conveniente. Oportuno. Bueno. Y urgente también.

El sagrado respeto a lo público, a lo que es de todos porque entre todos sustentamos. El respeto a una propiedad que no es privada, ni exclusiva sino que está al servicio de los ciudadanos. El respeto que requiere honestidad, integridad, juego limpio por parte del que, en virtud de la democracia, manda o ejerce la oposición.

El imprescindible respeto a los mayores. A su fatiga, a su descanso, a sus casas, a sus dineros ahorrados con el trabajo de tantos años. A las mujeres y a los hombres. A los profesores, los héroes y heroínas de este tiempo convulsionado. El esencial respeto a los menores, a sus necesidades, a sus derechos. Poniendo cariño, ternura, y también límites, mesura.

El respeto vital por la palabra. Sin empecinarnos en convencer, sin miedo a ser convencidos. La palabra desnuda, así sin más. La palabra para expresar, no agraviar; para explicar, no embrollar. La palabra sosegada o apasionada, pero alzada, no pisoteada. La palabra para poner en claro, para afirmar o para discrepar pero no para avasallar o ridiculizar. La palabra para entendernos, para acercarnos, si es posible, un poco más.

El preciso respeto por la naturaleza, por sus recursos, por todo bicho viviente. Por el uso racional y apropiado de las fuentes. Por el bien común materializado. Sin negar el progreso y sin hipotecarlo. Sin quemar posibilidades futuras. Sin renunciar a la potencialidad presente. Con cabeza, con investigaciones rigurosas, con datos encima de la mesa.

El respeto acuciante e indispensable en los campos de juego, en las canchas. Entre quienes compiten, entre quienes dirigen y entre quienes están en las tribunas, en las gradas. Entre los padres y las madres que acompañan a las canteras cada fin de semana. Entre aficiones y aficionados de una u otra hinchada. El respeto al rival, a sus colores, a sus amores.

Para mí, la revolución del respeto no se puede entender sino desde el respeto. Por eso la concibo como resultado de un quehacer personal discreto, de una acción individual consciente, de una puesta en práctica cotidiana en el día a día: en casa, en el taller, en la ventanilla, en el aula, en la red, en el despacho, en la guagua, en la institución, en el estadio, en la televisión…, en donde quiera que podamos actuar.

Lo veo como un anhelado e inaplazable cambio social que parte de compromisos íntimos, de las decisiones y las opciones de cada uno en su “micromundo” particular, y de una suma de voluntades de gente decidida a respetar.

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