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1377732783m28pfTengo la suerte de estar rodeada de docentes. Mi hermana es maestra y en mi familia hay profesores que dan clase en infantil, en primaria, en secundaria y en la universidad. Algunos de mis mejores amigos son maestros y maestras. Trabajo con equipos docentes en el ámbito del desarrollo grupal, personal y profesional. Estoy en fin, muy cerca de ellos. Por eso, y porque debo tanto a mis queridos docentes de aquella inolvidable etapa de la EGB y el BUP, me apena y me indigna en igual medida el escaso reconocimiento social que estamos otorgando a una de las tareas más complejas, definitivas y trascendentes del mundo que es educar.

He leído con estupor las cifras aportadas por el Defensor del Profesor en Canarias. Los profesores sufren cada vez más agresiones y en 2013, más de ciento cincuenta docentes solicitaron apoyo de este servicio que presta el sindicato ANPE. El último informe señala que entre las denuncias presentadas, once fueron por agresiones físicas de los padres a los docentes y otras ocho por agresiones de los alumnos. Y nos aseguran que esto es solo “la punta del iceberg”.

¿En qué momento perdimos la orientación? ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Qué hizo que confundiéramos la protección de nuestros niños con la desautorización del profesor? ¿En qué momento la inconsciencia y el atropello se dieron la mano? ¿Quién dijo no a los límites, al sentido común, a la consideración?

En mi etapa escolar experimenté durante unos años un sistema inflexible, severo, frío y racional. Ya he escrito sobre esto alguna vez. Para mi inmensa fortuna también conocí otro concepto de la educación: el respeto, el estímulo y el amor de maestras y maestros que fueron decisivos para convertirme en la persona que hoy día soy. Les recuerdo con un inmenso cariño y sobre todo, con una inmensa gratitud. A Nieves, mi profesora de Lengua y Literatura, con la que nunca perdí el contacto del todo, se lo he dicho más de una vez: “se los debo todo”. Y ella responde con modestia: ¡qué exagerada! Sé lo que digo. Aquellos profes supieron sacar lo mejor de mí misma, supieron mirar.

Otra gente de mi generación no tuvo tanta suerte y solo convivió con métodos educativos rígidos y resultadistas. Y para qué hablar de las generaciones que nos precedieron que, exceptuando a los buenos, a los ejemplares, tuvieron maestros más soportados que respetados y más temidos que queridos.

No sé si por esto, o porque es infinitamente más difícil educar que no educar y “ya vendrá el profesor que lo hará”. O por la crisis. O por todo esto y todo lo demás, que hemos perdido el sentido del equilibrio, de lo que es razonable y de lo que no es posible aceptar. Hemos trastocado el sentido de la profesión docente, el sentido de lo que es enseñar. El valor de un maestro, una maestra, que sabe incentivar, retar, espabilar, escuchar, amonestar, serenar. El valor de la docencia como germen de la evolución, de la igualdad de oportunidades, de la cultura, de la prosperidad.

Que los hay no implicados, equivocados, claro que los habrá, como en todo oficio o en todo lugar. Sin embargo, yo conozco gente comprometida con su labor, deseosa de aportar, de mejorar, y de ellos puedo y quiero hablar. Docentes a los que les vendría bien sentir el calor de una palmada en la espalda, y un “gracias profesor por desgastarte un día más”. Maestros y maestras haciendo la vista gorda a mil inconvenientes, tratando de inventar y reinventar, buscando varitas mágicas con las que afrontar tanto cambio y tanta inestabilidad.

Docentes, en definitiva, imprescindibles para progresar.

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