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1391008345vuabpHace unos días, oí en Radio El Día a un futbolista del Tenerife llamado Vitolo, entrevistado por Juanjo Ramos después de un partido en el que su equipo, y él mismo, habían recibido abucheos y silbidos del público. En las primeras semanas de esta liga, el Tenerife ha perdido más encuentros de los que ha ganado, y hay aficionados que no han tardado en explicitar su enfado. Me pareció entender que el jugador aceptaba con deportividad la opinión de algunos, expresada con menosprecio, incluso con insultos. Sin embargo, me quedó la sensación de que, tras sus declaraciones pausadas y serenas (“los aficionados tienen el derecho de opinar…”, “uno se acostumbra también a esto…”, “estas cosas pasan en el fútbol…”) asomaba el disgusto de la reprobación y el desencanto.

Estas cosas, efectivamente, pasan en el fútbol, pero no solo en el fútbol.

La vida de cualquiera, como en el fútbol, viene racheada. Y en cada racha, los vientos soplan como les da la gana. A veces a favor, a veces en contra. A veces ayudan, a veces entorpecen. A veces impulsan, a veces retienen. Hay veces que las rachas duran días, o tal vez semanas. Hay veces, que de duras que son, parecieran años cuando en realidad no han sido tan largas. Hay veces que imploras al cielo porque dure lo bueno, porque permanezca la buena racha.

No siempre los resultados acompañan. Vengan como vengan dadas, la cosa es, según yo lo veo, mantenerse en el empeño honestamente, sin detenerse demasiado en la crítica, sea buena sea mala. El esfuerzo tenaz ya traerá sus resultados…, o no. Y mientras, en medio de ese llegan y no llegan, yo apuesto por valorar lo que vamos sembrando. A Ángel Gabilondo se lo oí resumido así: “Sentir los colores. Buscar ganar, sabiendo perder”.

Hay una escena de En busca de la felicidad, que me estremeció. Quizás influida por tanto desempleo y tanta gente “los lunes al sol”. Es justo al final. Si no has visto la película, te anuncio que voy a desvelar cómo acaba. Es el instante en el que el protagonista, después de mil renuncias y mil esfuerzos, logra el trabajo de sus desvelos. Debatiéndose entre la emoción de la ganancia y la dignidad de la compostura, se traga alguna lágrima mientras responde: “No señor, no ha sido fácil”. Cuántos parados lo intentan por todos los medios, y aún no lo han logrado. ¿Es que ese esfuerzo no vale algo?

Detrás de lo que conseguimos hay miles de pequeñas y grandes renuncias, de constantes esfuerzos. Eso es claro. Pero detrás de lo que no conseguimos, también. Y esto no resta ni un gramo de valor a nuestra entrega. El resultado, sin embargo, es un tirano que nos nubla y nos entontece hasta tal punto que damos por inválida la faena si no resulta como esperábamos. Y si además nos sometemos al juicio que sucede al resultado, entonces puede realmente hacernos daño.

Vivimos en una cultura que reclama esfuerzo, pero también resultados. Y así, nuestros niveles de exigencia, y de autoexigencia, se han disparado. Y sufrimos por un tropiezo, por un mal resultado. Por la crítica despiadada que le sigue. Por la ansiedad que nos produce sentir que no avanzamos.

En la vida, como en el fútbol, creo que es fácil advertir, a poco que observes con detenimiento, quién se entrega, quién se gasta y se desgasta en su tarea, en su proyecto o en el comunitario. Quién se esfuerza con honestidad. Quién está comprometido. Quién merece otro juicio, o mejor, no ser juzgado.

Para el que pone lo mejor de sí, el reto no es entregarse a la labor. El reto es desprenderse del esclavizante resultado.

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