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1391713184kco8pCerca de casa hay una frutería que frecuento desde hace unos pocos años. Intuyo que se trata de un negocio familiar. Desconozco los nombres de sus empleados, deben ser cuatro o cinco, y son unos cracks en lo suyo: vender fruta y verdura. Exhiben el género con gusto. Hasta la misma puerta, estantes y cajas repletos de productos. Son amables, diligentes, incluso afectuosos. Y además, creo que logran que la clientela se divierta comprando. Lo mismo estás oyendo a “Marc Anthony” cantando que un “viva la Candelaria” al que la gente responde con entusiasmo. Saben vender, desde luego les da resultado.

Son la primera impresión que cualquier visitante se lleva. Hacen su labor, y se les da bien. Creo que les gusta su trabajo (aunque esto no me atrevo a afirmarlo). Tienen destreza, ingenio, encanto. No sé si eso responde a una vocación comercial, o sencillamente a la habilidad de relacionarse y sostener un negocio para seguir manteniendo el sustento diario. Sea como fuere, se muestran como recursos humanos capaces y a la vista está que lo están demostrando.

Ellos son la gente necesaria. Es la clase de gente que compromete su talento y su esfuerzo en la tarea cotidiana.

Una organización tiene posibilidades reales de crecimiento cuando desarrolla plenamente el potencial humano con el que cuenta. Ser conscientes de esta realidad corresponde, fundamentalmente, a quienes gestionan. Si el líder o líderes no caen en la cuenta de esto, no hay nada que hacer. El verdadero líder no solo permite sino que impulsa el progreso personal de cada empleado, de cada colaborador, de cada funcionario, desde cada uno de los puestos de trabajo. Sin fronteras de prestigio, nivel u otras majaderías. Comprendiendo, de verdad, el valor añadido que representa cada persona, cada individuo. Y su determinante contribución al todo, al resultado, al producto acabado.

Howard Gardner es un psicólogo norteamericano, profesor en Harvard, que necesita poca presentación por su prestigio internacional, y es autor de una teoría, desde mi punto de vista fascinante, llamada “Las Inteligencias Múltiples”. Gardner habla de “inteligencias” para referirse a talentos, habilidades y capacidades mentales de la persona para resolver problemas o crear productos de necesidad. En sus estudios ha llegado a reconocer ocho inteligencias: la lingüística, la lógica-matemática, la espacial, la musical, la corporal-cinestésica, la naturalista, la intrapersonal (conocimiento de uno mismo) y la interpersonal (conocimiento de los demás). He leído también que podría añadir una novena: la existencial.

El investigador afirma, y aquí viene lo bueno, que todos los seres humanos poseemos las ocho inteligencias, solo que en algunas somos más talentosos que en otras, o nuestra combinación de inteligencias es diferente. Luego, añade razones culturales y biológicas para explicar las diferencias.

Es decir, que todos somos inteligentes de una u otra manera. Por tanto, todos servimos para algo, o mejor, para mucho. No solo no sobra nadie, sino que todos aportamos algo, todos somos necesarios. Ocupemos el puesto que ocupemos, nos dediquemos a lo que nos dediquemos, todos podemos contribuir en algo. Otra cosa distinta es que queramos y nos dejen. Pero eso lo posponemos para comentarlo en otro rato.

El cambio cultural y educacional, me parece a mí, es entender que cada persona está dotada para algo, y que hay que intentar por todos los medios que ese “algo”, crezca, se multiplique y brille. Por el interés individual, por el interés colectivo. Porque el éxito de uno es en realidad, el éxito de unos cuantos si esos cuantos están comprometidos. Porque participar y sentirnos parte del resultado nos hace más felices. Porque nadie está de más si no quiere estarlo.

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