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1389514471hlps0La premisa fundamental de todo cambio pasa por un “darse cuenta”. Esta es la clave. Y ese “caer en la cuenta” es algo que corresponde en exclusiva a la persona. Es el individuo el que, llegado el momento, toma conciencia de una actitud, un pensamiento, un hábito… que, en mayor o menor medida, le está entorpeciendo la vida.

No sé qué es lo que ocurre, o qué es lo que hace que alguien pueda ver con claridad meridiana que lo de siempre no le funciona, que arrastra un déficit de acierto, de ánimo o de confianza. Lo que sí es verdad, es que llega ese instante en el que nos damos cuenta de que, seguir como estamos no garantiza un gramo de satisfacción. Quizás sea en ese instante, en el que percibimos que solo un cambio de rumbo puede ofrecernos una esperanza de mejora.

Pero el cambio, por muy atractivo que sea, ofrece resistencias. Todos nos oponemos a salir de lo conocido para adentrarnos en lo desconocido, no vaya a ser que las cosas rueden peor. Hay un viejo refrán español que tiene todo el peso de esta inmovilidad: “más vale malo conocido, que bueno por conocer”. No hay mejor cosa que te puedan decir para anclarte en la mediocridad definitivamente.

No estoy de acuerdo. Siempre puede venir algo mejor. Y sí, es cierto que también puede ser malo o incluso, peor. Pero si no hay reto no hay alternativa, si no hay desafío no hay crecimiento, si no hay riesgo no hay cambio.

Soy zurda. Me manejo con la mano derecha para algunas cosas, pero para, digamos las fundamentales, me sirvo de mi mano izquierda. No me prohibieron, como a otros muchos, utilizar la zurda, pero sí experimenté una imposición clara sobre mi caligrafía. Di con algunas maestras que me exigieron un tipo de letra estilosa, alargada y ligeramente inclinada hacia adelante. Eso me supuso tener que aprender a escribir colocando el papel de una forma extraña, y situarme yo misma también en una postura incómoda. Aprendí a cuidar la caligrafía por encima, casi, del contenido de lo que escribía.

Un día, no me preguntes cómo, caí en la cuenta de la angostura. Rompí la norma, y giré el papel. Al cambiar la orientación de la hoja, mi mano también giró automáticamente. Y creo que hasta algún tendón de mi muñeca, me lo agradeció. Y comencé a escribir como si lo hiciera por vez primera. Temí perder mi estilo de letra, y me pudo, en cierto modo, la pereza de empezar a reconocer una caligrafía nueva. Pero puedes creerme si te digo, que lo experimenté como una liberación. A partir de entonces, atendí solo a las palabras. A mi necesidad de encontrarlas, expresarlas y vivificarlas. Me desentendí de la estética y de la norma absurda tanto tiempo acatada.

Y en esto, como en todo.

Nuestras viejas costumbres, adquiridas vete a saber por la influencia de qué cultura, de qué ambiente familiar, de qué barrio…, nos encasillan de tal modo que nos impiden ver otras posibilidades. La manera en que enfocamos las cosas de cada día; la manera en la que las interpretamos; la manera en la que las sentimos o en la que las pensamos, son determinantes para respaldarnos, o todo lo contrario.

Por eso, caer en la cuenta de todo aquello que obstaculiza nuestro bienestar, nuestra alegría, nuestra seguridad, es el primer gran paso. El segundo, ponerse manos a la obra, aventurarse. Y aventurarse muchas veces. Tantas, como sea necesario.

Si pudiera reinventar el refrán, no dudaría: más vale bueno por conocer, que dejar de intentarlo.

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