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file9841323312674Los comentarios a este blog mejoran notablemente lo que yo he escrito. Tengo esa convicción. Las aportaciones de unos y otros completan el cuaderno, añaden lo que falta. Son vivencias distintas y distintas miradas expresadas aquí, en facebook, en twitter o donde quiera que sea. Y de pronto, siento que fuera una construcción de palabras compartidas. Reflexiones de ida y vuelta, como los cantes flamencos que inventaron a medias, españoles y americanos, en el trasiego de la emigración, y multiplicaron la riqueza cultural. Me maravilla. Da la sensación de ir creando comunidad, como le gusta decir a Mariacho.

En la entrada El juego de la vida, Salvador escribió que lo que hace grande a Mandela es que se transformara en un “símbolo del perdón y la conciliación”. Releo a Salva y pienso: los grandes, son grandes del perdón. Para perdonar hace falta mucha grandeza, mucha más que para el resentimiento obstinado. Y además, mucha humildad.

He visto a Irene Villa en una entrevista en televisión, donde presentó su último libro Nunca es demasiado tarde, princesa. Irene fue víctima de un atentado terrorista que le mutiló las dos piernas y tres dedos de una mano cuando solo era una niña. Creo que tenía doce años. Hoy es una mujer adulta, guapa y de ojos resplandecientes, que afirma haber perdonado. Insiste en la necesidad del perdón para seguir viviendo, para tener posibilidades de ser feliz. Me gusta la gente que no habla por boca de ganso y que no te cuenta teorías, así que seguí con mucho interés sus respuestas y ésta es la que quiero compartir en este post.

Irene explicó que perdonar es decirle adiós a quien te ha herido, para quedarte en paz. Así es exactamente como lo veo yo. Un “dejar marchar” y una “bienvenida”, al mismo tiempo. Lo aprendí hace muy pocos años. Una despedida que, en realidad, es despedida del dolor mismo. Una despedida que pone una sana y refrescante distancia, que te trae la calma, que desbarata cuentas pendientes y no habiendo nada que saldar, regresa el sosiego, el acuerdo, la paz. Todos tenemos cosas que perdonar y todos necesitamos ser perdonados por algo. Es así, es humano.

Sin embargo, de todas las reconciliaciones, la más urgente, la más rotunda, la más emancipadora, creo yo, es la reconciliación con uno mismo. Es la que te coloca frente al espejo. La que cicatriza y desbloquea. Es la que pone fin al conflicto personal que disputas con tu “yo” más íntimo, y te devuelve la mejor de tus amistades: tú mismo. A partir de esta reconciliación pueden venir todas las demás. Estar en paz, predispone para la paz con el resto del mundo. Comprenderse en el error propio predispone a comprender el error ajeno. Vivir en el rencor, venga de donde venga, solo daña aún más a quien lo padece. Y lo encierra y lo esclaviza de tal modo que lo aísla, y le niega toda oportunidad de desarrollo y crecimiento, toda oportunidad para empezar de nuevo. No toco de oídas, precio tan alto no merece la pena.

Perdonarse y perdonar. No hay nada comparable a “dejar marchar” ese dolor. No hay mayor liberación.

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