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1381364330c501yMandela ha muerto. Miles de crónicas y millones de condolencias. El mundo entero, siga su ejemplo o no, guarda luto por el gran hombre. En la radio han repasado esta mañana, detenidamente, los detalles de una vida enorme. Mandela ha sido uno de los trascendentales de la historia, de los necesarios, de los imprescindibles. Y para dicha nuestra, contemporáneo. He escuchado con detenimiento lo muchísimo que se ha contado de su existencia crucial para la paz, y a esta hora sigue estremeciéndome Mandela.

Cómo se supera un encierro de veintisiete años en la cárcel. Cómo se superan el ahogo y la frustración de saberse inocente, prisionero a cuenta de ideas liberadoras. Cómo te desquitas del rencor y la mala baba producidos por la injusticia. Cómo se perdona. Cómo se olvida. Cómo renace la vida.

En uno de los comentarios a la penúltima entrada, Personas que sueñan despiertas, “ajgonmar” se refiere al “juego de la vida”, para no ignorar la existencia también de los reveses. Amigo, te tomo la expresión que no puede ser más acertada. A menudo he imaginado la vida como un juego de cartas. Ella misma las reparte y decide con quién juegas. Te tocan las que te tocan. Y te toca, con quien te toca. Te parezca justo o no, esa es la partida.

La pregunta es cómo la quieres jugar.

Hay quien no ve la jugada y a pesar de tener una buena ronda, la desperdicia. Hay quien contemplando malas cartas, se abandona al fracaso de antemano. Hay quien mantiene su apuesta a pesar de la injusticia, de la desgracia, y lo intenta y lo sigue intentando. Como dice mi amiga Nati, si no en esta partida, será en la que viene llegando, con nuevas cartas. Y se reinventa jugando.

Tengo un amigo tetrapléjico. Un accidente de tráfico le dio un portazo a su rutina. Hubo operaciones quirúrgicas que lo intentaron. Desde el cuello para abajo, apenas si mueve una mano. Desconozco qué cosas pasarían por su cabeza y por su corazón en aquellos primeros momentos de adaptación, que quizás duraron años. Desconozco qué clase de proceso íntimo experimentó porque nunca me lo contó. Lo que resultó patente, a la vista de todos, es que atravesó angustia y desesperación, y que finalmente rompió con la congoja y que de la misma fatiga, renació. Se reinventó. Hoy hace una vida adaptada más plena, y hasta más rebosante, que muchos sin su gran limitación.

Solo él, como Mandela, sabrá los múltiples dolores que le acompañaron o le acompañan aún, y las infinitas preguntas que han quedado sin responder. Pero ahora, su mirada serena, como la de Mandela, y su forma de hablar espontánea y amable, me reconcilian y me desnudan de pretensión.

Si yo pudiera trasladar aquí, de alguna forma, tanta fe y tanta superación, me daría por contenta y otorgaría más sentido a este blog.

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