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En 1995 estuve en Perú. Me incorporé a un grupo de amigos y viajamos a una zona tan preciosa como deseosa de bienestar. Pueblos y caseríos enclavados en la cordillera de Los Andes, entre altísimas montañas y hermosos valles, a orillas del río Urubamba, uno de los afluentes del grandioso Amazonas. Una tierra rica en recursos naturales, testigo de la avanzada cultura del Imperio Inca. Fue un verano para no olvidar. Y así ha sido.

Recuerdo, como si fuera hoy, el rostro de algunas de las personas que conocimos. Y me parece que pudiera escuchar el sonido de Radio Quillabamba, “dando los avisos” en el habla cotidiana de la lengua quechua. Aún puedo oler el aroma que desprendían los fogones de cocinas de adobe y hasta puedo palpar la sequedad de algunas manos rugosas. Nada de esto se me ha borrado de la memoria. Ni esto, ni el ansia que tenían de progresar por ellos mismos. Gente golpeada por la violencia o la escasez, dispuesta a compartir conocimiento y no autocomplacencia, a aceptar la cooperación con su trabajo, y no la limosna. Gente con la dignidad intacta.

Quienes me conocen bien saben que aquel no fue un gran viaje, o un buen viaje. En realidad fue el viaje, con mayúsculas. Algunas cosas cambiaron en mí durante aquella experiencia y me traje un aprendizaje: la caridad mitiga; la justicia restaura. La caridad responde hoy; la justicia se proyecta hacia el futuro. La caridad atiende la emergencia; la justicia es progreso. Desde entonces han pasado casi veinte años.

Hoy día, sacudidos como estamos por una crisis devastadora, observo cómo la caridad se abre paso en programas de televisión en los que las donaciones particulares atenúan los ahogos de miles de familias. Y allí quedan expuestos públicamente sus dramas, en una mezcla que me resulta mitad auxilio mitad espectáculo. Me conmueve la caridad de quienes dan su dinero, prestan su casa, regalan alimentos, o lo que quiera que sea. ¡Claro que me conmueve! Pero confieso que no me gusta el show, ni la exhibición. Comprendo la necesidad de la ayuda urgente. ¡Claro que la comprendo! Pero las voluntades particulares cargadas de buena intención no pueden reemplazar lo que por ley corresponde: derechos y obligaciones adquiridos en una sociedad del bienestar.

Derecho al trabajo. Un trabajo que garantice la autonomía personal y contribuya al sostenimiento de derechos colectivos: la salud, la educación, la jubilación, la atención a la dependencia. Eso es justicia y eso es progreso, según creo. El sistema ya está inventado y la responsabilidad de protegerlo es de los poderes públicos. Por eso, cuando veo a un representante de la administración participando entusiasmado en iniciativas que promueven la caridad, me pellizco y no me lo creo.

Si me preguntas, justicia o caridad, te diré la caridad respetuosa con la dignidad y la intimidad, que no sustituye a la justicia. Y en todo caso, siempre, la justicia.

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