Etiquetas

, , , , , , ,

file6771268338549Debido al trabajo de mi padre, vivimos algunos traslados de residencia y tuvimos que estudiar en varios colegios. En uno de ellos (para mi suerte, solo en uno) me topé con un sistema educativo inflexible, antipático y extremadamente exigente.En lenguaje futbolero se diría “resultadista”, esto es, más pendiente de los resultados que del proceso. Y me di de bruces contra él. Ni aprendí, ni disfruté. Y solo por el tamaño de mi ropa podía observarse algún crecimiento en mí.

Desde la perspectiva que me dan los años, enseñanzas curriculares aparte, de aquel colegio considero más grave la esperanza no transmitida que cualquier otra carencia. En cierta ocasión, con mi fracaso escolar a cuestas y con la fuerza que puede irradiar una niña, repliqué a una maestra: “nunca es tarde, si la dicha llega”. A lo que la maestra, en su inconsciente cortedad me respondió: “Celis, a veces es demasiado tarde”.

Para mi fortuna, la maestra ceniza se equivocó de lado a lado.

Mis padres me cambiaron de colegio, y en esa acertada decisión descansa en gran medida la mujer que soy. Allí encontré la inteligencia pedagógica que logró sacar lo mejor de mí misma, y sobre todo, el amor pedagógico que obró el cambio sobre la nefasta enseñanza anterior. Cuando hoy día aún les agradezco su trabajo conmigo, especialmente a Nieves, aquellas maestras le restan importancia en un gesto de incalculable modestia, porque yo aseguro, sin exagerar, que ellas rescataron mi vida y la colmaron de esperanzas. Así de simple y así de definitivo.

Estudié con interés, aprendí y me acompañaron buenas notas. Y sin ser esto poco importante, que lo fue, lo completamente determinante fue desarrollar mi capacidad para expresarme, para relacionarme y establecer amistades que aún perduran, para relajarme, para pasármelo en grande. Fue la oportunidad de descubrir lo mucho que me gustaba el baloncesto, el teatro, participar de la vida colectiva del colegio y dar la tabarra con mis primeros relatos. A todo esto es a lo que yo llamo “colmar de esperanza”. Transmitirle a alguien en su niñez y en su adolescencia que tiene talentos, ayudarle a cultivarlos, estimularle al trabajo poniendo el acento en su esfuerzo y no tanto en el rendimiento, en la diversión y no tanto en el resultado.

El día en el que escribo esta entrada, los soportes del sistema educativo de mi país están en huelga. Todos. Profesores, madres y padres, alumnas y alumnos, están llamados a secundar el paro general, en un consenso de rechazo sin precedentes a una Ley Orgánica de Educación. Se entenderá, que lo que más me preocupa de un sistema educativo sometido a una nueva reforma es que se enrede en criterios “resultadistas” y en esto, pierda el sentido de su propia esencia: que la educación, cuando es buena, nos integra en igualdad, nos hace más libres y nos convierte en mejores personas. Nada más y nada menos.

Insisto, la esperanza. Enseñar es elevar la esperanza del que está siendo educado, y por ende, la esperanza de todos. Si a un niño o a una niña, a un adolescente o a un joven, se le arrebata una educación sólida, emotiva, científica, entusiasta, responsable, cariñosa y sobre todo, esperanzadora, se le está privando, no solo de un presente vigorizante y nutritivo, también se le despoja de un futuro que se aproxime a la felicidad.

La educación es esperanza. No se me ocurre mejor forma de entenderla.

Anuncios