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Encontré esta imagen en la calle.
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Es una escultura móvil que nos remite a una mujer en tiempos muy grises, representada con un toque de modernidad en sus guantes de limpieza de color verde, a la que le pones dinero en un cesto y comienza a fregar el suelo. La creadora ha querido rendir un homenaje a “todas las mujeres que silenciosamente han construido la historia”.
Sin embargo, su silencio me resultó muy sonoro. Mutismo y clamor, al mismo tiempo. Como si en medio de ese “silencio”, la autora de la escultura en realidad estuviese gritando en plena calle: “¡Se acabó el secreto! ¡Lo hicimos nosotras!”. Si pretendía sacudirnos, desde luego conmigo, lo consiguió.

Mujeres de otras épocas, absolutamente determinantes para el progreso de los suyos y de la sociedad, que “construyeron la historia” casi desde la clandestinidad (o sin casi). En tiempos en los que lo discreto se confundía con lo escondido. Y el protagonismo femenino, si se daba, difícilmente era autónomo; más bien, compartido con una figura masculina que disfrutaba también del reconocimiento popular.

Marie Curie, una de las científicas más importantes del siglo XX, recogió el Nobel de Física de 1903 al alimón con su marido Pierre Curie, junto a otro científico, Henri Becquerel. Pero las horas dedicadas a un trabajo minucioso y durísimo en busca de lo que luego fue el radio, fueron las suyas. El descubrimiento trascendental, sobre todo para la medicina, se lo adjudicaron a ambos, sin embargo, el mismo Pierre reconoció que el desvelo y el logro correspondían a Madame Curie. La técnica de extracción y de purificación del radio la inventó ella. He leído unas cuantas biografías sobre la científica polaca y en esto, no hay duda. Su contribución a la historia fue gratificada años más tarde con otro Nobel de Química, esta vez para ella sola. No obstante, padeció la penumbra y no se libró del escarnio público cuando se atrevió a vivir a la luz, desafiando los convencionalismos.

Parada frente a la escultura móvil, vi a Marie Curie. Y vi a tantas y tantas mujeres metidas en faena, da igual el tipo de tarea que sea, da igual tiempo o lugar. Comprometidas. Mujeres “constructoras”, que lo fueron o lo son. Las vi quebrando esa barrera del silencio, como la misma escultora. Reivindicando su papel protagonista en la historia, porque se saben a sí mismas cimientos, pilares y rocas. Las vi y las reconocí por su nombre.

Mujeres de primer nivel. Maestras mías del periodismo ingeniándoselas para mantener viva la pluma mientras se abre la veda del empleo. Mujeres que se encararon con la realidad y estudiaron, y lograron el trabajo y hoy les luce con hijos e hijas formados y capaces, o sin ellos. Mujeres que vivieron muertas de miedo y sobrevivieron, y ahora festejan cada minuto como si fuera el último de sus vidas. Imparables. Mujeres que viven para ayudar a vivir. Mujeres que organizan, que planifican, que ordenan, que elaboran. Mujeres que duermen con un ojo, o los dos abiertos, pendientes de una respiración que no es la suya. Mujeres que enfermaron e hicieron de su suerte una bandera de coraje para envolver su cabeza y siguen estando. Mujeres poetas. Mujeres que pasan por encima de creencias limitantes y se entregan a la vida vibrante. Mujeres que perdieron un buen amor o fueron asoladas por el desamor, y que ya se las ventilan solas. Mujeres que mantienen el tipo, que se la juegan, que a veces ganan y a veces no. Mujeres resueltas, lanzadas, decididas a escribir un destino diferente. Mujeres que se desmarcaron hace tiempo y son vanguardia y son inspiración.

Todas construyen. A todas ellas las conozco. Y como reflejada en un cristal de aumento, en todas me miro y por todas siento devoción.

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