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file9671306776896Mientras más avanzo por los cuarenta y tantos, más me importa el grano y menos la paja. Me contemplo hace años prestando mi tiempo a escuchar peroratas inventadas o justificaciones ridículas, vinieran de quienes vinieran. Ahora no me interesan los embrollos. Me importa más advertir marañas, y todavía más, deshacer nudos.

A lo mejor es por esta inclinación actual a simplificar y a la claridad, que me molestan sobremanera los enredos y los enredadores. Me irritan las historietas cargadas de revoltijos, los mensajes confusos, las verdades a medias, los vendedores de humo, y los engaños expresados con disparatada solemnidad. Y abundan. Y hasta es posible que nos acostumbremos a la farsa. El ojo se vuelve vago y el oído perezoso, y existe el riesgo de acomodarse en un duermevela, como el que tienen los niños. Un sueñecito ligero, que no repara pero que entontece. Y que dificulta, y de qué manera, el pensamiento propio.

Como niños se trata, a quienes se comportan como niños. Entonces, se les tutela y se les dice esto y aquello. Y nadie cuestiona nada, incluso las afirmaciones más inverosímiles. Existe un interesante experimento que demuestra cómo las personas adultas, que no maduras, somos capaces de aceptar como verdad lo que por convencimiento personal sabemos que no lo es. Lo cuento.

Se escogen cuatro individuos mayores de edad. Se les muestran cuatro varas de distintos tamaños y ellos tienen que elegir la más pequeña. Así en series sucesivas. Todos van acertando sin complicaciones. En la última serie, se establece una complicidad con tres de ellos para que señalen como la más corta una vara que, notoriamente, no lo es. El cuarto de los individuos que participa en la investigación y que desconoce por completo esta manipulación, asiste atónito a las decisiones de sus compañeros que, una y otra vez, eligen de forma equivocada en una prueba tan sencilla. Esta serie trucada se repite y se repite hasta que el cuarto individuo comienza a dudar, y cede. Finalmente, empieza a optar por la misma vara que sus compañeros, a sabiendas de que ésta no es la más pequeña de cuantas le muestran.

Ahí ya tienes a una persona entontecida. Adormilada e infantil, ha dejado de pensar por ella misma, de mirar y oír por sí misma. Hay entontecidos por todas partes dispuestos a comulgar con ruedas de molino. Y organizaciones, entidades, corporaciones, instituciones, grupos y grupúsculos de todo tipo, cuyos líderes se afanan en liar los discursos y engatusar inmaduros, para seguir favoreciendo vete a saber qué mangoneo. Sé, por experiencia, lo que es capotear las embestidas de quienes poseen dotes verbales y encantan a las serpientes. Y sucumbir. Pero, créeme, doblegar el criterio propio, aunque solo sea difuminándolo, ante una realidad muy obvia y muy palpitante, tiene un precio: te vuelves irreconocible hasta para ti mismo, además de un observador torpe de la realidad.

El periodismo honesto me apasiona, entre otras cosas, porque ayuda a desentorpecer la sociedad. Aunque la responsabilidad primera y más urgente de espabilar el discernimiento, desenmascarar falacias y estimular el pensamiento propio, recae única y exclusivamente en uno mismo.

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