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file3481281013471 Soy una recién llegada a este espacio cibernético. No solo a la blogosfera, también a las redes sociales participando plenamente. En un mes en Twitter y en unos pocos días con este cuaderno, empiezo a caer en la cuenta de la extraordinaria dimensión de este fabuloso invento. Sería la envidia de cualquiera de nuestros antepasados, obligados a comunicarse exclusivamente con sus vecinos más próximos, y en el mejor de los casos, a esperar durante días o meses la llegada de algún sobre que contuviera noticias, avisos, alegrías, sobresaltos, besos, abrazos. Para los que estrenaron el siglo XX, ya sería un arrebato recibir, en la distancia, una llamada de teléfono. Eso era lo más inmediato, pero también lo exclusivo de dos individuos. Nadie más interviniendo.

En Internet cabemos todos, y todos al mismo tiempo. Los grandiosos pioneros que navegan desde hace años, se lanzaron a descubrirnos la dimensión de lo que era posible. Y ahora, incorporada, esta bloguera empieza a sentir en carne propia la magia de una realidad virtual que es, sobre todo, real. Los más vanguardistas se sorprenderían por la tardanza de mis descubrimientos, que desde luego no son tales, y que tienen que ver más con un asombro emocional que intelectual.

La comunicación se vuelve cálida y el contacto con los demás te envuelve para recordarte que no vives solo. Nos integra, nos aúna. Y te da la posibilidad de sentir eso que es tan propio de nuestra especie, la necesidad del otro, la cercanía a otros, el cariño explícito. Ahora que participo del universo de Twitter, doy fe de esto. Restablecer el contacto con viejos amigos y colegas me ha proporcionado abrazos virtuales incluso con quienes, por falta de oportunidad o desparpajo, nunca estreché la mano. Abrazos acogedores, cordiales, entrañables. Abrazos que calan hasta los huesos, que te despiertan de tu indiferencia y reclaman tu lugar en el mundo. Abrazos nuevos que se estrenan con recién conocidos y que transmiten la frescura de lo inédito. Abrazos que resuenan en mi teléfono anunciando afectos. Abrazos que llegan desde muy lejos y sin embargo, inmediatos. Abrazos que no sustituyen vernos y amarnos, pero que reconfortan como milagros.

No me han faltado quienes insisten con un mensaje inquietante. El peligro del que husmea y se oculta con oscuras intenciones existe, qué duda cabe. Pero Internet es tan profundamente humano que reúne amenaza y fascinación en el mismo cosmos, como la misma vida, tiene ese mismo encanto. Y como la vida, va con el riesgo de la mano. Sin exploración, no hay encuentro. Y sin encuentro, no hay abrazo.

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