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rocío “Donde la prensa es libre y la gente sabe leer, todo está salvado.”                           (T. Jefferson)

El vertiginoso cambio que está suponiendo esta era digital nos resitúa a todos, también a los periodistas. Me atrevería a decir que a los periodistas especialmente. Andamos a tientas tratando de palpar la nueva realidad y encontrar ahí, en medio de no se sabe bien qué, nuestro sitio. Nuestro lugar en el mundo para seguir contando las cosas que pasan, estimulando el debate, abriendo espacios para la reflexión, para el análisis. Dirigiendo los focos de atención donde resulte preciso, preguntando y preguntándonos, buscando, indagando. Cimentando un criterio propio. Contribuyendo a madurar una sociedad de librepensadores que sepa discernir entre las cosas importantes y las majaderías, que sepa distinguir a un sensato de un idiota. Una sociedad que sepa dónde no debe volver a poner el pie para no meter la pata. Consciente de sus fortalezas y consecuente con un proyecto común.

Hay tanto por lo que escribir. Expresar, soltar, digerir, exteriorizar, compartir. He leído que para algunos escritores, escribir es terapéutico y el oficio de redactar día a día les salva la vida en sentido estricto, es decir, les rescata de una existencia más o menos atropellada. En cierto modo, creo que para los periodistas que utilizamos las palabras y la construcción del lenguaje de forma más apresurada y sin tanto adorno, el ejercicio de escribir también nos recupera y nos libera.

Y este blog ha sido concebido para lo uno y para lo otro.

Para seguir aportando modestamente, para seguir contribuyendo “con un verso” (no recuerdo al poeta, que me disculpe). Y también, para experimentar la gracia de la libertad, la espontaneidad y hasta el privilegio de usar la palabra.

La cita que encabeza este post fue un regalo. Y ahora el regalo se me antoja enormemente intuitivo. Ha sido inspirador para mí y he notado en mi espalda el empujón para lanzarme a esta aventura digital.

Llevada de la mano de mi amiga María José, lo parimos, y ahora lo iré edificando palabra a palabra. Gracias Mariacho. Sin ella, y el entusiasmo inagotable de una madre tan cibernética como la mía, no habría elevado aún el ancla.

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